martes, 11 de noviembre de 2008

Cercana (Gracias Julio, eterno Cronopio)

Antes de bajar del colectivo para pisar por primera vez la tierra gris y voladiza de ese pueblo que, como tantos otros, me contaría entre sus habitantes por unos meses, controlé la agenda una vez más:
Septiembre. Lunes 21. 12:30 Almuerzo con el jefe de planta para ponerme al tanto.
Faltaba más de una hora, decidí pasar por la casa que la empresa había alquilado para mi estancia. Mi nueva morada no parecía muy grande pero era, sin dudas, mucho más confortable que las habitaciones de los hoteluchos que he recorrido en estos años con la empresa.
Cuando abrí la puerta de calle me encontré con dos ojos amarillos que me observaban entre extrañados y ausentes, corroboré que la dirección fuera la correcta al tiempo que me preguntaba qué hacía un gato en esa casa cerrada y a estrenar. Sería de algún vecino y se habría colado por alguna ventana mal cerrada, pensé mientras dejaba el bolso sobre la mesa del comedor. La casa era como suponía: cocina, comedor, un dormitorio y un baño que se parecía más a un ascensor. Me bañé lentamente para quitarme el trajín del viaje, miré la hora y salí a la calle en el mismo momento en que el remis que me había traído regresaba a buscarme.
El almuerzo se prolongó en charla sobre la actualidad de la planta, recorrido de las instalaciones, presentación de los mandos medios y desembarco en mi oficina. Cuando volví a consultar el reloj ya era de noche. El jefe de planta seguía deambulando entre los escritorios con la clara intención de demostrarme que hacía su trabajo con eficiencia más allá del tiempo que le demandara. Le pedí las llaves de la camioneta que me habían asignado y me despedí tras consultarle por un lugar para comer.
El minúsculo restaurante que me indicaró no parecía gran cosa y yo estaba un poco cansado por el viaje y otro poco de comer en esos lugares perdidos, en pueblos perdidos, de tiempos perdidos. La luz de un almacén brillaba tenuemente al final de la calle, pensé en comprar un poco de fiambre y regresar a la casa.
Abrí la puerta y volví a sobresaltarme al encontrar los ojos del gato que me observaban, me había olvidado que estaba allí. Comí distraídamente un par de sándwiches y puse la bandeja plástica con los recortes de paleta en el piso de la cocina para convidar al visitante. El gato olió el fiambre con desconfianza y lo comió sin entusiasmo, después miró fijamente a la puerta y comenzó a maullar ruidosamente como si alguien acabara de entrar mientras caminaba hacia ella con la cola erguida y rígida. Me levanté del sillón en el que me había acomodado para mirar la televisión y caminé hacia la puerta para abrirla creyendo que el gato quería salir, sin embrago el gato no salió, siguió maullando ahora en dirección a la cocina de la que salió inmediatamente mirando hacia arriba como si un pájaro invisible volara a media altura por toda la casa. Se detuvo en un rincón del comedor, dio un par de giros y contra giros dibujando imaginarios ochos sobre las baldosas hasta que inclinó la cabeza y comenzó a lamer el piso con fruición.
Volví al sillón y comencé a pasar los canales sin encontrar nada que me llamara la atención mientras la modorra se apoderaba de mí. No sé si me encontraba en ese estado cuando comenzó una película o simplemente me dormí y la soñé, lo cierto es que era hermosa. Sin duda debo haberla soñado porque se parecía mucho a la imagen que siempre tuve de mi mujer ideal, esa que difícilmente encuentre deambulando por pueblos perdidos auditando plantas de la empresa. Tuvo que ser un sueño ya que solo recuerdo una escena muy poco cinematográfica, ella abría la puerta de su departamento y le daba un tazón de leche a su gato que era idéntico al que compartía mi casa hace unas horas. Esa única escena se mantuvo en mi mente durante todo el día siguiente mientras me dedicaba a controlar las planillas en mi oficina.
Ana volvió temprano hoy. Su jefe le dijo que cuando terminara con los trámites bancarios podía regresar a su casa y que la esperaba mañana en la oficina, como siempre. Tal vez fuera eso, o el sol primaveral que bañaba el parque central repleto de estudiantes celebrando su día, lo que la puso de tan buen humor. Se apresuró a terminar con los trámites y antes de tomar el colectivo rumbo a su casa compró un ramito de azaleas en el puesto de flores de la estación.
Cuando entro en el pequeño mono ambiente que alquilaba, el perfume de las flores lo inundó.
- ¡Ahora si llegó la primavera! Dijo Ana mientras le servía un tazón de leche a su gato Abelardo que la miraba con sus ojos amarillos, maullando y refregándose en sus piernas con ese movimiento tanguero que suelen hacer las mascotas como muestra de cariño.
Eran las 11:30 y ya estaba en su casa, no lo podía creer. Preparó una ensalada y se sentó a comer, levantó la vista del plato como si alguien la hubiese llamado aunque no escuchó sonido alguno. Abelardo, sentado a sus pies, miraba hacia la puerta entre extrañado y ausente
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